13/5/11

Contrato electoral y taxonomía del votante

El asunto es que hay empresas, entidades u organizaciones que se ofrecen a gestionar la res publica, es decir los parques, las calles y demás asuntos de propiedad común con ofertas que resultan una excepción jurídica dado el desamparo de una de las partes contratantes.
     No hay un contrato fehaciente donde consten los servicios a prestar, su desarrollo en el tiempo y la contraprestación en dinero. No hay tribunal al que recurrir por los incumplimientos de contrato, no hay responsabilidad civil ni penal ni mercantil. El contrato virtual está abierto a lo que dichas entidades quieran en cada momento, exigiendo el pago indeterminado de dinero, y estableciendo el propio salario de sus directivos que cobran no de la entidad en cuestión, sino directamente del ciudadano, vía impuestos.
     Es el contrato electoral. Y hay gente que vota.

     Este ambiente de elección de los que dictan crea una tipología variada de votantes:

     Tenemos al votante amojamado con la ideología, su voto es emotivo, mitológico, obedece a los impulsos atesorados en sus conexiones bioquímicas somatizados por la educación de su resentimiento social, es ajeno a cualquier dialéctica de la razón, renuncia incluso a las dimensiones que le muestra la realidad a su sentido común, no existe ni arriba, ni abajo, ni delante ni atrás, ni antes ni después, lo reduce todo a un mundo unidimensional y lineal de izquierda-derecha. Este tipo es enemigo de las elecciones libres, o sea individuales, voluntarias y consecuentes y no percibe la relación entre elegir y pagar, es enemigo del mercado. Se suele atrincherar en el anonimato de diversos colectivos desde donde reclamar, vocingleramente las más de las veces, privilegios a los dictadores elegidos. Cree que el dinero es una cosa que se fabrica en una imprenta.

      También esta el votante meopongo, –a pesar de su nombre no es guineano–, que actúa de vengador justiciero, vota para echar a los que hay, para intentar la justicia poética de que alguno de los mandones se tenga que poner a trabajar. Es un romántico.

Otro es el crítico de la razón pura, que evalúa lo conveniente, mira las encuestas, sopesa los pros y contras y tras complicadas elucubraciones pare un ratón en forma de papeleta. Podría haber obtenido el mismo resultado lanzando al aire una moneda.

   Y finalmente está el se abstiene, al que hay que agradecerle la confianza depositada en sus conciudadanos revalorizando el voto ajeno: Si hay un 70% de votos válidos del censo, significa que cada voto decide por 1'42 electores. Pero en vez de animarlos a no votar son perseguidos por la publicidad electoral para que se pronuncien por quien sea. Aunque no aspire a que su abstención esté representada por asientos vacíos en los parlamentos y consistorios es una formula barata para su protesta antisistema.

Y los que ganan el concurso tienen cuatro años por delante para dejarse chantajear por sus votantes futuros, para dar rienda suelta a sus delirios, para inmiscuirse en los asuntos de otros, para hacer el bien a la fuerza, pero, eso sí,  lo hacen con dinero ajeno... todo no iba a ser tan malo.

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